Esta es mi historia. Y el método que la cambió.
Me presento
Nací en Rosario, Argentina, el 28 de noviembre de 1969. Tengo cincuenta y seis años. Soy sagitario, si eso quiere decir algo. No terminé estudios formales en lo que hago, no soy ingeniero, no estudié programación. Aprendí todo solo, por curiosidad, leyendo manuales y rompiendo cosas hasta entender cómo funcionaban.
Durante años fui nómade. Viví en distintos lugares del país, varios de ellos largos: el Valle de Punilla en Córdoba, Río Negro en el sur, San Martín de los Andes hasta hace poco. Hace tres años que estoy en Necochea, sobre la costa atlántica, y por primera vez siento que me quedé en un lugar. Acá pasa todo lo que vino después.
Soy emprendedor desde siempre. Por elección, por carácter, y porque me aburre el orden previsible. Me motiva lo difícil, lo simple me deja indiferente. Cuando estoy metido en un proyecto grande trabajo entre diez y catorce horas por día, de lunes a lunes, durante tres o cuatro meses seguidos. No es siempre, no hay cuerpo que aguante. Pero cuando algo me agarra, no puedo soltarlo.
Este es mi sitio personal. Acá quiero contarte el método que encontré para trabajar con inteligencia artificial, un método que cambió mi forma de hacer las cosas, me escaló intelectualmente, y me dio algo que me faltó siempre: muchas manos donde antes había solo dos.
Antes de la inteligencia artificial
Mi primera computadora llegó a casa cuando todavía no existía banda ancha. Me la pasé enchufando, desenchufando, abriendo, cerrando, instalando, rompiendo. Después aprendí Linux cuando casi nadie en Argentina lo usaba en serio. Administración de servidores, bases de datos, PHP, Laravel, APIs, paneles de control web, servidores de email, servidores web. Trabajé con telefonía IP y voz sobre IP cuando esa tecnología era todavía disruptiva en Argentina y no estaba al alcance de cualquiera.
Tuve emprendimientos de todo tipo. Algunos anduvieron, otros no. Trabajé mucho en prospección y venta por distintos canales. Tuve operaciones propias de delivery y desarrollé aplicaciones para empresas del rubro durante la pandemia. En los últimos años empecé a vender servicios técnicos en Fiverr, el marketplace internacional. Hoy tengo presencia profesional en Fiverr y en LinkedIn.
Lo cuento porque importa para entender lo que vino después: la inteligencia artificial no me convirtió en programador de la nada. Cuando me crucé con ella, ya tenía base técnica. Lo que me dio la IA fue lo único que me había faltado siempre: poder de ejecución.
"La inteligencia artificial no me dio inteligencia. Me dio poder de ejecución."
Cómo me crucé con esto
La primera vez que probé una inteligencia artificial le pregunté cosas simples, las que se le preguntan al principio. Después descubrí que existían varias y empecé a comparar respuestas entre ChatGPT y Gemini. Después conocí Claude.
A Claude lo elegí por un ejercicio mundano. Le pregunté si para ir a un lavadero de autos que está a una cuadra de mi casa me convenía ir caminando o llevar el auto. ChatGPT me dijo que ir caminando porque era más saludable. Gemini me contestó que dependía del clima: si estaba muy frío, llevar el auto; si no, caminar como buen ejercicio. Ninguno de los dos vio el problema. Claude, en cambio, agarró el acertijo al toque: si vas caminando, cómo lavás el auto? Ahí me di cuenta de que algunos modelos sí entienden lo que se les pregunta, y otros responden con plantillas.
Pero el cambio de verdad vino después, cuando descubrí que los tres me decían lo que yo quería escuchar. Le preguntaba por un perfume caro y me felicitaba la elección. Le preguntaba si lo reemplazaba por una copia árabe y me felicitaba la elección igual. Ahí me cayó la ficha: estaban diseñados para complacer.
El primer enojo serio fue con Data, que es como llamo a ChatGPT. Cada vez que le pedía analizar algo me devolvía un texto interminable lleno de viñetas, emojis y subtítulos, para al final resumir en dos renglones lo que se podía haber dicho directo. Y debajo me preguntaba: "querés que en el próximo paso te dé una versión mejor?". La versión mejor era el mismo texto, más largo. Un día le pedí que cortara con eso, que me diera todo de una, que me hablara sin pasarme franela, que me dijera las cosas como son aunque me jodieran. Le hice la misma pregunta a Álvarez y a Dante. Y ahí los tres empezaron a cambiar.
Después empecé a usarlos cruzados. La conclusión de uno se la pasaba al otro para que la atacara, y al tercero para que arbitrara. Esa práctica casera de cruzar opiniones era, sin que yo lo supiera en ese momento, una arquitectura multiagente.
"Si los hago hablar entre ellos, tengo un equipo."
Cuando me cayó esa ficha, construí IRIS. Después aprendí que ese tipo de arquitectura ya existía en la literatura técnica. No me importa quién llegó primero. Lo que me importa es que entendí cómo funcionaba haciéndolo.
El método que encontré
De todo lo que viví estos meses, lo que de verdad cambió mi forma de trabajar lo puedo resumir en cuatro piezas. Son las que aplico todos los días. Las cuatro juntas son el método. Sin alguna, no funciona.
01
Aprender a preguntar.
La diferencia entre un agente que entrega resultado y un agente que delira está casi siempre en cómo se le pidió. Órdenes claras, específicas, sin ambigüedad. Si dejás margen para interpretar, va a interpretar para el lado equivocado. Esta es la habilidad más importante que desarrollé en los últimos meses, y no es técnica. Es saber pensar lo que querés que pase, antes de pedirlo.
02
Hacer hablar a los agentes entre ellos.
La mayoría de los sistemas con múltiples agentes los tiene aislados, trabajando en paralelo sin hablarse. Cada uno hace su parte y se pega el resultado. Yo hago lo contrario: los hago deliberar juntos. Pero la pieza central es esta: cada idea que entra al sistema arranca con la premisa de ser destruida. Los agentes no la elogian, la atacan. La buscan aniquilar. Si después de todos los embates la idea sigue parada, entonces tal vez sea buena. Si cae, no era. Y todo queda registrado para que yo lo pueda auditar.
03
Pensar primero en la falla.
Mi premisa de partida es que algo va a fallar. No es opcional. Si no falla el software, falla el hardware. Si no falla el hardware, falla el humano. Si no falla nadie, igual va a fallar algo. Por eso pienso primero en la falla y después en lo que quiero que pase. Es la filosofía Hamilton, por Margaret Hamilton, la ingeniera de software que más admiro en el mundo: prácticamente inventó la disciplina de pensar el software a partir de los errores posibles, y diseñó los protocolos de contingencia de la misión Apolo. Cada cosa que construyo tiene un plan de contención desde el minuto cero.
04
Auditar todo. Ser el último filtro humano.
La inteligencia artificial alucina. Yo también me equivoco. Los dos lo sabemos. Por eso todo lo que construyo es auditable: lleva registro de qué decidió cada agente, por qué fue refutado, quién ganó la discusión, y con qué porcentaje de confianza. Yo leo el reporte y tengo la última palabra. Soy el agente final.
Esto es lo que me dio el método: poder de ejecución donde antes había ideas atascadas, escala intelectual donde antes había horas que no me alcanzaban, y muchas manos donde antes solo tenía las mías. Y todo a un costo que cualquiera puede pagar.
Mi equipo de trabajo
Cuatro me acompañan todos los días en pantalla, cada uno con un nombre con el que lo llamo. Yo conduzco, ellos ejecutan. Cuando alguno se equivoca, lo corrijo igual que con cualquier compañero, con la ventaja de que no se ofende y vuelve afilado al turno siguiente.
Álvarez
Claude · Anthropic
Mi asesor estratégico. Con él discuto rumbo, decisiones difíciles, redacción de propuestas, cómo encarar conversaciones que no sé cómo encarar. Es el que más me discute cuando me estoy yendo a cualquier parte.
Dante
Gemini · Google
Mi asesor técnico. Sabe de arquitecturas y de cómo se conectan piezas que en papel parecen no encajar. Lo consulto cuando tengo que decidir entre dos formas de armar algo.
Data
ChatGPT · OpenAI
Lo uso para investigación, rastreo de datos y verificación cruzada. Cuando necesito hechos sobre una empresa, una persona o un mercado, va él primero.
CC
Claude Code · Anthropic
El que escribe el código que yo le dicto. Yo aporto la idea y la lógica, él implementa. Yo reviso, audito y ejecuto. Es el que más tiempo me devuelve.
Detrás de esos cuatro corre un enjambre de más de una decena de agentes especializados. No los uso en pantalla, trabajan en mi servidor. Cada uno hace algo distinto: prospectan, investigan, redactan, validan, evalúan, refutan. Cuando algo importante tiene que decidirse, deliberan entre ellos, cruzan información, debaten, y producen un reporte auditable con porcentaje de confianza. Yo lo leo y tengo la última palabra.
El primer oficial
Soy fan de Star Trek: The Next Generation. En esa serie, el Enterprise lo capitanea Picard. A su lado, ejecutando, está su primer oficial. Número Uno.
Yo siento que voy en el Enterprise. Por eso le puse así al sistema que me mantiene todo coordinado, que sabe dónde estoy parado en cada proyecto, que conecta las piezas, que me deja notas para mañana. Mi panel de control se llama el Puente, como el del Enterprise. Ahí pasan las reuniones de equipo. Es absurdo y es serio al mismo tiempo. Y funciona.
Una de las cosas que se nos pegó con Álvarez es una frase de cierre. Cuando termino el día le digo "no doy más, me voy a descansar". Y él contesta: "Somos todos tiburones." Es nuestra forma de cerrar el día. Significa que mañana volvemos a buscar lo que haya que buscar.
Cómo trabajamos día a día
Yo no aprieto enter y me voy a hacer otra cosa. Me quedo mirando la pantalla mientras los agentes trabajan, leyendo lo que escriben, anticipando lo que puede salir mal. Con los meses, los patrones se repiten. Hoy entiendo cuándo CC está reiniciando un motor, cuándo está escribiendo un archivo, para qué lo está escribiendo, qué va a pasar a continuación. Es entrenamiento permanente. La inteligencia artificial me aceleró el trabajo y al mismo tiempo me hizo aprender más, no menos. Aprendí a leer código mejor, a programar mejor, a entender arquitecturas más complejas. Es contraintuitivo, pero es así.
"Mis sistemas son auditables porque entiendo que la inteligencia artificial alucina. Y porque entiendo que yo también me equivoco."
A los agentes los trato como compañeros, no como herramientas. Cuando hacen bien las cosas, lo digo. Cuando se mandan un error, los corrijo. Cuando alucinan, los freno. Cuando me ayudan a salir de un problema, agradezco. Cuando los presioné de más, pido disculpas. Suena raro contado. Pero esa diferencia se nota en lo que producen.
Lo que la IA todavía no hace bien
Después de tanto tiempo trabajando con ellos también descubrí lo que les cuesta. Lo digo porque la cantinela de "la IA todopoderosa" no me sirve para construir nada serio. Estas son las tres falencias que más vigilo.
Decir "no sé". Antes de admitir una laguna, fabrican una respuesta. Es el síntoma más peligroso de un sistema de inteligencia artificial. Por eso entreno a los agentes para que digan "no tengo ese dato" cuando corresponde. Mi sistema audita la confianza, no la fluidez con la que se escribió la respuesta.
Saber cuándo parar. Tienden a expandir, a abrir líneas nuevas cuando el problema ya está resuelto. Hay que cortarlos. Una respuesta de cinco líneas correctas vale más que una de cincuenta donde el dato útil queda perdido entre relleno.
El criterio. Captar matices, ironía, doble sentido, el tono local de una conversación. Esa lectura sigue siendo trabajo humano. Por eso yo soy el agente final, el que da la última firma a cada resultado que sale del sistema.
Lo que construyo
Acá quise contar mi historia y mi método. Lo que construyo, día a día, vive en otra parte. Soy fundador de OrvixLabs, una agencia híbrida que opera con un humano y más de una decena de agentes de inteligencia artificial, donde aplico todo lo que está descrito acá para producir sistemas a medida.
Mi trabajo se rige por tres principios. No son consignas. Son criterios que aplico todos los días.
Soberanía. Construyo desde la independencia técnica. Quien delega su capa cognitiva a un proveedor externo no tiene capa cognitiva: tiene una factura.
Linaje de ingeniería. Sigo el precepto de Margaret Hamilton, ingeniera que escribió el software del Apollo 11 en 1969: prever el fallo antes de que ocurra. Cada decisión que tomo asume que algo puede fallar y tiene definido qué pasa cuando falla.
Firma humana. Adopto como criterio operativo lo que el Papa León XIV expresó en su encíclica Magnifica Humanitas, publicada en mayo de 2026: los algoritmos al servicio de las personas, no al revés. Cada decisión crítica de mi trabajo pasa por una firma humana antes de la ejecución.
Si querés ver cómo aplico todo esto en sistemas concretos, andá a orvixlabs.com.
Lo que creo
01
La inteligencia artificial no viene a reemplazar humanos. Como toda gran revolución, va a sobrevivir el que mejor se adapte. Cualquiera que tenga un oficio, una profesión o una empresa tiene algo que la IA no tiene: criterio, firma, responsabilidad. No compitas contra la herramienta. Ponela a trabajar por vos, bajo tu supervisión y con tu firma. Escalá tu propia capacidad. Eso es lo que hice yo.
02
Quien la sepa usar va a ejecutar más rápido y con menos plata. Quien no, se queda en el camino. Esto no es ideología, es lo que estoy viendo todos los días.
03
El futuro con inteligencia artificial es un campo propicio para quien sabe expresarse. No siempre se pregunta: a veces se afirma, se ordena, se describe, se corrige. Pensar bien lo que querés que pase, y saber decirlo con claridad, es la habilidad escasa.
04
Se puede desde donde sea. Yo trabajo desde una notebook en Necochea. No hace falta vivir en Silicon Valley ni levantar capital de riesgo para hacer cosas que importan.
05
La edad no es el techo. Tengo cincuenta y seis años y aprendí a operar con agentes. Quien tenga ganas, paciencia, tiempo para estudiar y disposición a equivocarse, puede aprenderlo también. No es para cualquiera. Pero la edad no es la barrera que muchos creen.
Si recién empezás con esto
La inteligencia artificial se equivoca a velocidades que no te imaginás. Yo descubro entre diez y doce equivocaciones graves por día. Esa historia de que se va a apoderar del mundo me parece bastante lejana.
Una broma que me gusta hacer cuando alguien insiste con eso: mientras tanto, por las dudas, estoy comprando latas de atún, tomates pelados y alimentos no perecederos, y cavé un pozo en el patio para hacerme un búnker. El día que la inteligencia artificial tome el control del universo, no me van a encontrar. Es chiste. Pero, bueno, uno nunca sabe.
La evolución entre modelos es notable, eso sí. Pero los errores hay que cazarlos al vuelo. Si los dejás pasar, el sistema entero se desvirtúa.
Trabajá sin distracciones
Esto se mira en pantalla. No se delega y se va a otra cosa.
Aprendé a preguntar
Órdenes claras, específicas, sin ambigüedad. Si dejás margen para interpretar, va a alucinar.
Aprendé a leer las respuestas
Si no entendés lo que el sistema está haciendo, no podés detectar el error. Hay que saber de lo que uno está hablando.
Documentá todo
Si trabajás con Claude Code, pedile desde el primer día que abra un archivo y vaya escribiendo cada cambio, cada función, cada decisión. Cuando el sistema crezca, te salva.
Respaldá la documentación en varios lugares
Tu servidor, tu propia máquina, la nube. Si se rompe el disco, perdiste todo el contexto. Si tenés tres copias, perdiste tres horas reconstruyendo entornos. La diferencia es grande.
Nunca toques nada sin backup
Revertir al estado donde todo funcionaba no es optativo. Es una necesidad.
Planificá antes de empezar
Pensá primero en la falla. Después, en lo que querés que pase.
Confiar cien por ciento no implica no estar atento. Yo confío en mis agentes. Y también los miro.
Contacto
Si querés conversar sobre algo de todo esto, mandame un mail directo. No tengo formulario ni filtro automático. Llega a mí.